Renacer en ti, recorrer por un momento toda la ternura, caricias desmedidas desde la cintura para bailar la noche de los besos. Reiterando manos y lascivia, amarrando el aliento en arrebatos, espasmos de locura piel con piel. Hurgarte, relamer la saliva de tu boca, llenarme el corazón con tu melena, rasgar el cielo una y otra vez.

Amarte, sentir el alma llena a desbandadas, reinar el paraíso de la risa, a bocanadas dulces de tu miel. Sentirte, remar hacia tu cuerpo reclinado, llevarte entre volandas a mi lado, reírme a carcajadas de las cosas.

Esos éramos los dos, remando en el mismo sentido yo renacía y tú, sentías vivo; el alma que tiritaba de frio. Los dos en uno, uno de dos, retando solos al desamor, haciendo puentes a la tristeza, ahogando el silencio del olvido, acunando sueños e ilusiones; mientras mis manos se abrazaban contigo.

Un día ella, la misma que te enseña el desamparo, la misma que te clava sin remedio en el imperio absurdo de la duda; quiso mostrarse. Salía sin avisar de tu mirada, retorciendo a la mía los latidos, negándote la risa se plasmaba en el estandarte de la queja. Las manos, retrajeron sus caricias, los besos miraron para otro lado, la risa se nos quedó presa, la voz se iba rotunda de cadenas a galeras, la noche se cernía entre nosotros, la negra; esa tan negra noche, que la desconfianza arremetía. Sin luna, sin las caricias de tu cabellera, sin los estilizados pezones de tus ojos; sin miel, sin eco, ni montañas; se mudaba mi alma a las entrañas.

Es hora, antes de que el invierno nos recorra, de motivar la nueva primavera, cambiando el vacío y abandono, por los claveles y rosas de tu risa. La brisa en el aroma dulce de las flores, ha de romperme ¡rezo!, esta apatía. En este día que barrunta miedo, te propongo cambiar las espinas de las rosas, por los pétalos suaves que orlan su corola. Y, renacer en ti de nuevo, reinventando el fuego en las caricias, acumulando besos sin lamento, ahondando en tus carmines de silencio.

En este día gris yo te propongo, limpiar de la razón las impurezas y recibirnos con el alma abierta, dejando que el amor gane esta baza. Te tiendo mi mano castigada por la pena y recojo la tuya sin remilgos; volvamos a la risa sin pereza, que en este corazón aquí guardada, está tu habitación; si tú me dejas.

Fotos de la red

 

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