Ellas, la manifestación tenue de la sensibilidad y de la fuerza, amigas eminentes del saludo, que dejan un desliz en la caricia; las manos, las mismas que en algunas ocasiones, con el arado fuerte de los besos arrebataron síndromes, en el ardid de noches de silencio. La manos, una y otra en la utopía; se levantaron firmes al engaño, manifestando altas sentimientos, arrebatando iras, desmintiendo temores. Se baten, se enlazan en las caricias y en otras ocasiones, tan toscas como la fría mirada, se enredan de arraigos desmentidos.

Las manos, sí; ¡he de gritar! mis manos, ellas, las valientes que siguieron rasgando a cuatro vientos el parco dolor de la amargura, que se agarran a la misma tierra en aquellos momentos de soledad desmedida. Esas, mis mismas manos que, en un arrebato de locura, pintarrajearon de sangre a mis lamentos; las lágrimas errantes de mis ojos se pierden en el tiempo desmedido de arraigos, de corazones rotos, de mil razones para sentir el alma malherida.

Mis manos que rezan al silencio: la voz desgarradora de mi pena; el halo de la mueca en el momento, aquel, en que decidí perder la vida. Las miro, las veo y reconozco fortaleza, ellas que siempre me pudieron en la sensibilidad y hasta en los besos; hoy me acompañan, hoy que ha pasado tanto tiempo que ya, ya casi ni recuerdo aquel que un día fui;  tal vez, el mismo siervo.

Mis manos, arrugas evidentes, mil heridas, testigos fieles de mi vida a caballo de tantas sensaciones, aprieto y me distraigo en sus pliegues que envejecen como yo, siempre conmigo. En esta reflexión en que me encuentro, preso a la razón más pura del lamento, mirándolas una con otra parecen compadecer mis sentimientos, se siguen levantando ante la duda.

Mis manos, las mismas que hoy aún me sostienen dejan un desliz en el recuerdo, ellas hicieron posible la primera caricia, respondieron a la cita adolescente, te cogieron firmes por la cintura cuando aceptaste bailar en aquel baldosín; tan lejos en el tiempo.

Hoy después de tantas lunas, de tantos caminos recorridos, de cientos de vientos en contra superados; las miro, mis manos, que rompían envites desmedidos, se postran a la pluma y se desviven, por escribir los versos que enarbola; la sangre que me queda en el tintero. La sociedad que nos permitimos, se propone seguir en el intento ahora que la vida se termina, ¡ya ves!; el alma ha decido darme aliento.

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