El viento me dedica una sonrisa y descubro despacio junto al fuego, las manos que se cruzan en silencio; al juego de la brisa con su pelo. El alma que se queda tan callada; los ojos que deslucen las estrellas; ¡la vida!, el sonar de los laudes en el tiempo que se afana en ocultarse por momentos. Bagaje eterno, montón de sensaciones,  sacudidas dibujadas a empujones de ternuras disfrazadas de tormento; pequeñas aventuras en las mieses junto al fuego. Rotundo corazón desesperado, estruendo eterno, ¡desengaño!, la duda que derrite hasta los besos; rompiendo el corazón y a los amantes. Delirio de razón de desconsuelo, augurios de silencios demacrados; inerte vida que se fue durmiendo, la rosa solo se vistió de espinas. El hueco en el pecho que me queda; la cruel sinfonía del augurio, los pies que se pierden en la arena. No tuvo más testigo que la noche; con el alma destrozada por la pena, desata sus zapatos y se mete a reventar el dolor que le producen las cadenas.

La mar hiriente de desmayos, ocurrente luna en las andadas, rincones místicos de hastío que vieron redimir bajo las olas, su conciencia arrebatada de recuerdos. Quede con el desespero, quejido ronco y estridente, al grito de ¡la puta luna llena! que le dejó en el alma la simiente. El agua se mece en su costado, mientras en su intención se desmelena, la mueca rota que escapa a sus latidos sangrando luces de sal y de arena.

El cuello se sumerge en el averno, océanos de mimbre que ya acunan, el trocito del fuego que otro tiempo penetrara engendrando su fortuna; el corazón que escucha hoy estridente, se quedará por siempre en el mar aletargado.

La madre y la simiente; ¡pena!, se ahogan lentamente en su silencio, el alma se desluce entre las olas; la noche que llenó de sinsabores, las suelas de sus zapatillas blancas.

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